Mark Rothko, The Rothko Chapel (1971), Houston, Texas. Dijo “lo que pasa es que no pasa nada” y miró a María de forma oblicua e involuntaria. Sabía que ese tipo de verdades estúpidas y generales le calentaban el ánimo y más cosas. Al menos, hace cinco años, una frase de ese tipo abría un mundo de bares y madrugadas en el que las risas se mezclaban con el ligero roce de los cuerpos. Un mundo intelectual y sensual que daba sentido a la estupidez. Ahora lo que quedaba era la estupidez desnuda: “lo que pasa es que no pasa nada”, ese acontecer de la nada, la nada como diosa del momento, la nada sucediendo, ya n...