La conversación con el
cardiólogo fue muy reveladora. En ningún momento tomó en serio mis
preocupaciones. Yo le hablaba de golpes, vuelcos y estallidos pectorales, le
describía con detalle cómo en mi pecho ocurrían cosas, episodios que se
parecían a la vida de las estrellas o al ballet de los fuegos artificiales. Al
principio pensé que aquel hombre me seguía, pensé que era sensible a mis
descripciones poéticas del preinfarto. Pero de pronto detecté en su boca un
rictus de cansancio fronterizo con el desprecio. «¿Quieres oír lo que tengo que
decirte?» Me tuteaba y me resultaba doblemente ofensivo, de repente mi interior
reivindicaba el respeto hacia mi edad; un interior que se veía
traicionado seguramente por mi exterior, sobre todo por mis zapatos: demasiado
juveniles. Estuve a punto de hablarle de mi hijo, de que practicaba capoeira y
que el año que viene iría ya al instituto. No sé, joder, el tipo me había
calado y yo me había dado cuenta. «¿Qué tiene que decirme?», dije, intentando
restaurar el usted a la vez que la sensatez. «Pues eso, que si te digo o no que
dejes de fumar». Me relajé y en un alarde de concreción y responsabilidad le
pregunté si en mi caso, el de alguien que sentía estrellas nacer y morir en su
pecho, fumar era un claro factor de riesgo. El cardiólogo me respondió algo
sorprendente: «Dejar de fumar es como empezar a escribir para el que quiere ser
escritor: te levantas una mañana y escribes. Pues lo mismo: te levantas una
mañana y no fumas más». Lo miré a un botón de la camisa y pensé en la futilidad
de toda filosofía.
Antoni Tàpies, Proyecto de El calcetín (1991) Hacia las 19:30 de la tarde del último sábado del mes de marzo de 2014, Héctor Roma miraba el cielo cubierto mientras tendía la ropa. Tender o no tender, ese era el problema. En realidad no pensaba en el cielo ni en ningún otro horizonte, pensaba en el acto de tender la ropa, en la miseria que envuelve todo acto cotidiano y en la vocación de servir a los demás, de estar atento a sus necesidades y adelantarse a ellas. Pensaba en la felicidad del mayordomo vocacional de otros tiempos. Entre la ropa había calcetines de tres personas: los suyos, los de su mujer y los de su hijo. Tres tipos de rayas, tres tipos de rayaduras. Los de su mujer y su hijo estaban enteros, en los suyos se podían apreciar las mordeduras del tiempo y las caminatas: hilos sueltos, agujeros y tomates. De pronto le vino esta palabra a la cabeza mientras miraba el cielo gris: “tomate”. Se detuvo en la palabra y era raro pensar en una muje...
