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Incipit vita nova.







La conversación con el cardiólogo fue muy reveladora. En ningún momento tomó en serio mis preocupaciones. Yo le hablaba de golpes, vuelcos y estallidos pectorales, le describía con detalle cómo en mi pecho ocurrían cosas, episodios que se parecían a la vida de las estrellas o al ballet de los fuegos artificiales. Al principio pensé que aquel hombre me seguía, pensé que era sensible a mis descripciones poéticas del preinfarto. Pero de pronto detecté en su boca un rictus de cansancio fronterizo con el desprecio. «¿Quieres oír lo que tengo que decirte?» Me tuteaba y me resultaba doblemente ofensivo, de repente mi interior reivindicaba el respeto hacia mi edad;  un interior que se veía traicionado seguramente por mi exterior, sobre todo por mis zapatos: demasiado juveniles. Estuve a punto de hablarle de mi hijo, de que practicaba capoeira y que el año que viene iría ya al instituto. No sé, joder, el tipo me había calado y yo me había dado cuenta. «¿Qué tiene que decirme?», dije, intentando restaurar el usted a la vez que la sensatez. «Pues eso, que si te digo o no que dejes de fumar». Me relajé y en un alarde de concreción y responsabilidad le pregunté si en mi caso, el de alguien que sentía estrellas nacer y morir en su pecho, fumar era un claro factor de riesgo. El cardiólogo me respondió algo sorprendente: «Dejar de fumar es como empezar a escribir para el que quiere ser escritor: te levantas una mañana y escribes. Pues lo mismo: te levantas una mañana y no fumas más». Lo miré a un botón de la camisa y pensé en la futilidad de toda filosofía.

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