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Juan Goytisolo. Nomadeos, autoexilio y cigüeñas

Las cigüeñas En el verano de 2010, en los días en que la selección española de fútbol jugaba la primera fase del Mundial de Sudáfrica, visitamos a Juan Goytisolo en Marrakech. La primera tarde, tras encontrarnos con él en el Café de France –escena ya mítica de las letras españolas-, dimos un paseo hasta la Place de Ferblentiers. Allí   nos enseñó una pintada en una fuente. Nada especial, alguien había escrito “Barçalona” con una pésima caligrafía. El autor de Juan sin tierra disfrutaba enseñándonos esa palabra, la que nombraba a su ciudad natal en una nueva acuñación de resonancias futbolísticas, en una plaza de la ciudad que había elegido para vivir y formar su tribu. Luego subimos a una terraza desde donde podíamos ver los muros de lo que queda de El Badi, un palacio del siglo XVI inspirado en la Alhambra de Granada. No nos había llevado allí para ver los muros. Nos señalaba con el dedo las cigüeñas que anidaban en unos muros del mismo color que el palacio...

Madrid me mata

(Publicado en la revista Sud de Nápoles, nº 80 de 2016) 1. Algunas movidas Madrid me mata . Así se llamaba uno de los fanzines del Madrid de mitad de los ochenta. En Madrid se había matado mucho, era la “ciudad de más de un millón de cadáveres” de la que hablaba el triste y entomológico Dámaso Alonso, amigo de García Lorca, en uno de los libros de poemas más importantes de la posguerra, Hijos de la ira (1944). Madrid había sido la ciudad de Franco, de su guardia mora, de las tertulias vigiladas y de las conspiraciones.   Madrid era la ciudad donde durante 24 horas, desde las ocho de la mañana del día 22 de noviembre de 1975 hasta la misma hora de día siguiente, medio millón de personas pasaron ante la “capilla ardiente” del dictador instalada en el Palacio de Oriente. Ahora, a mitad de los ochenta, Madrid mataba de otra manera: con su mezcla de noche, alcohol, drogas y música. Vomitar   en Madrid, o en provincias a la vuelta, era una forma de energía. Muchos puede...

De vulgari eloquentia

                                                                                                   For the God of Love , la estúpida escultura de Damien Hirst (2007) De las maneras vulgares de conocer el mundo, El amor y el dinero asaltan los siglos. Ayer, cuando el individuo era sospecha, No cesaba el delirio áureo de la persona. El cuerpo concreto y el cuerpo social; El interior psíquico y el interior púbico. Penetrar cuerpos, dominar masas. Mirar la bofetada infantil en la cara de Dios Para poder cenar a este lado de la frontera.

Oasis

                                                 Diego Rivera, Fondos congelados , 1931 Oasis La palabra oasis apareció en mi cerebro como una maniobra de aterrizaje de emergencia. Oasis era casi todo lo que había sucedido la noche anterior: el mezcal, las escaleras, un ombligo. Oasis era la dosis necesaria de pulsión para no convertirse en materia comatosa, el disolvente para ir licuándose en cada perspectiva de la ficción. Un Oasis con dátiles y suaves dunas, brisas y caracolas, agua y miel. Un oasis frente de la pantalla ámbar en la madrugada. Hace tres años que vivo fuera del mundo y empiezo a confirmar todas las intuiciones de Katia sobre el aislamiento: los sonidos eslavos son sueños de San Cirilo y San Metodio, un alfabeto para abandonar Occidente. El recuerdo de Europa adelgaza al mismo ritmo que yo engordo. Europa se desvanece...

Mi biblioteca en el baño

En la primera casa que consideré mía instalé una estantería justo encima de la cisterna del retrete. Cuatro baldas con casi todos los géneros: poesía, novela, ensayo, teatro (tragedias y comedias), libros de viajes y autobiografías. Más o menos puedo recordar, con bastante exactitud, los títulos más destacados de ese secuestro libresco destinado a la intimidad de mi cuerpo.  Sé que estaban Los cantos de Maldoror y las poesías completas de Góngora; La montaña mágica y El Guzmán de Alfarache ; los fragmentos de Ese maldito yo de Cioran y El ensayo sobre el cansancio de Peter Handke; cuatro tragedias de Eurípides y Cuatro corazones con freno y marcha atrás de Jardiel; el primer tomo de las memorias de José Luis de Vilallonga y En Patagonia, de mi querido Bruce Chatwin. También había algunos castigos, libros o autores, que no leía en el baño, a los que condenaba a pasar un tiempo de intimidad conmigo, in interiore homine ,  mientras me aseaba o leía sentado ...